El chirrido del limpiaparabrisas y las estrías que quedan en el parabrisas tienen, casi siempre, un mismo origen: la capa de grasa, polvo y restos de insectos que se pega sobre la goma y le impide apoyarse de manera pareja contra el vidrio. Según la Administración Nacional de Seguridad del Tráfico en Carreteras de Estados Unidos (NHTSA), la mayoría de las fallas de rendimiento responden a gomas sucias y no a gomas dañadas, por lo que una limpieza correcta suele alcanzar para recuperar el funcionamiento sin gastar en repuestos.

Cada cuánto revisarlas

La recomendación técnica es controlar las gomas cada cuatro a seis meses, o bien cada 12.000 kilómetros, y buscar señales de agrietamiento, deformación o desgaste desparejo. Detectarlas a tiempo evita que el deterioro avance y que el problema pase de una simple limpieza a un cambio obligado.

Entre los residuos que más afectan el filo del caucho aparecen la resina de los árboles, la sal de las rutas y las ceras que dejan los lavados automáticos. Cuando esa película se instala, la goma deja de deslizarse y empieza a saltar o vibrar sobre el cristal.

Qué usar y qué evitar

Para la limpieza básica alcanza con un paño sin pelusa —o papel de cocina— humedecido con líquido limpiaparabrisas o con detergente suave diluido en agua. El trapo debe recorrer toda la goma en un solo sentido y con la pieza levantada del parabrisas, para llegar a toda la superficie de contacto. Si hay capas de grasa o cera más persistentes, el alcohol isopropílico es una alternativa que disuelve esos residuos sin atacar el caucho.

Lo que nunca hay que usar es gasolina, kerosene, acetona ni ningún solvente derivado del petróleo: desintegran la estructura del caucho y aceleran su deterioro. Muchas gomas modernas traen de fábrica una capa de grafito o teflón que facilita el deslizamiento silencioso, y los limpiadores agresivos se llevan esa protección y dejan el caucho en contacto directo con el vidrio.

El otro extremo: el parabrisas

De poco sirve una goma impecable si el vidrio está sucio. Los restos de insectos, la savia y las ceras del lavado automático se transfieren a la goma en cada pasada y la vuelven a contaminar. Por eso la recomendación es limpiar el parabrisas con un producto para vidrios no abrasivo cada vez que se limpian las gomas; para los depósitos más rebeldes, un limpiador en polvo sin abrasivos aplicado con abundante agua remueve la acumulación sin rayar.

Cuando el ruido no viene de la goma

Antes de dar por terminada la vida útil de la pieza conviene mirar el brazo del limpiaparabrisas. Un ángulo mal regulado o un resorte flojo impiden que la goma presione de forma uniforme, lo que produce vibración y ruido aun con la goma en buen estado. Corregir la geometría del brazo para que el apoyo sea perpendicular al parabrisas suele eliminar ese chirrido sin tocar el caucho.

La visibilidad como factor de riesgo

Si después de limpiar gomas y vidrio el problema sigue, lo más probable es que la pieza haya llegado al final de su ciclo. La NHTSA advierte que las gomas gastadas no aseguran un barrido parejo y eso compromete la visión del conductor con lluvia, niebla o nieve, lo que aumenta el riesgo de accidente. El calor y la exposición prolongada a la radiación ultravioleta endurecen el caucho hasta que pierde flexibilidad.

Un error frecuente es usar el limpiaparabrisas para sacar hielo o nieve en lugar de esperar al descongelador del vehículo: eso provoca cortes y desgarros que ninguna limpieza puede reparar. Llegado ese punto, el reemplazo es la única salida.