Antes de los festivales y los discos, Nahuel Pennisi fue un pibe que salía a tocar a la calle con su abuela como compañera de ruta. La historia del músico, que este año llegó a cantar frente al papa León XIV, está atravesada por la fe, por sus abuelos y por la convicción de que las dificultades pueden convertirse en algo bueno.
Una infancia con amigos que nadie más veía
Entre los dos y los nueve años, Pennisi sintió que cinco presencias lo acompañaban. No tenían cuerpo ni imagen: eran sensaciones que él percibía como algo que llegaba de otro lado. Durante mucho tiempo las llamó amigos, duendes o guías.
"Yo andaba caminando por algún lado y yo sabía, no sé, que había un árbol y de repente me gustaba treparme, subir alguna rama y no tener nada de miedo, o sea sentir que estaban siendo guiados".
Hoy les da otra lectura: "A mí me gusta pensar en el fondo de mí que sí, que eran ángeles, que eran enviados de Dios", contó. Los cinco fueron desapareciendo de a poco. El primero se llamaba Pleca y se despidió en un sueño, como un globo que se achicaba hasta esfumarse.
El catecismo que buscó solo
A los seis o siete años, Pennisi sintió unas ganas inexplicables de ir a catecismo. Sus padres todavía no iban a la iglesia, pero él tenía ese deseo sin saber bien de dónde venía. Para acompañarlo, la familia también empezó a asistir a catequesis familiar y se acercó a la fe.
Antes de eso había tenido un sueño que todavía recuerda: estaba en un campo baldío y una figura con campera de cuero, que él sentía como Dios, se alejaba cada vez que intentaba agarrarla. "Fue como la manera que tuvo la vida de mostrarme qué significa Dios, algo que no se ve ni se toca pero está", explicó.
René, Marisa y el primer bajo
Dos nombres aparecen una y otra vez en su historia: René y Marisa, sus abuelos. El abuelo se había criado y vivido casi toda su vida en la calle, y desde esa experiencia le transmitió enseñanzas que Pennisi todavía conserva. De ellos también llegó el regalo que le cambió el camino: su primer bajo. Después vino la guitarra y empezaron las canciones propias.
A los 15 años empezó a pensar en salir a tocar a la calle y a los 16 se animó. Su abuela no solo lo alentaba: lo acompañaba. Primero fueron a Lomas de Zamora, después a Quilmes y finalmente a Florida. Para llegar tenía que tomar el colectivo 148 hasta Constitución y luego el subte de la línea C.
En la calle empezó a ganarse la vida como músico callejero, con su abuela al lado en cada viaje. Ese recorrido lo llevó, años después, a los escenarios más grandes y a cantar ante el Papa.